El Kárate tiene sus raíces un tanto oscuras y remotas que se pierden en la historia de Okinawa. Los primeros datos que se tienen son de alrededor del año 1600. Aparece en las islas de Okinawa (el archipiélago de las Ryu Kyu), pero quizás pueda tener influencias Chinas desde su origen mucho antes. Estas influencias llegaron hasta el mismo Japón, que se nutrió de sus conocimientos hasta que una vez absorbidos, y junto con el que ellos poseían, estableció su propio acervo cultural, diferente y con particularidades singulares.

Okinawa, situado entre Japón y China, se nutre de ambas potencias, y esa influencia se deja ver también en las Artes Marciales. Los expertos en Artes Marciales Chinas visitaron, por uno u otro motivo, las islas de Okinawa, y viceversa, expertos okinawenses visitaron el imperio Chino. En el primer caso, los maestros Chinos enseñaron su arte a los isleños de Okinawa, y en el segundo, los okinawenses viajaron para aprender más de ellos. Los maestros Chinos, en principio, enseñaron única y exclusivamente las técnicas marciales.

Otros, enseñaron algo más. Este “algo más” estaba formado en parte por conocimientos de medicina, como es la acupuntura, el uso de las hierbas, masajes, etc., en otros casos se añadía la filosofía, y es aquí donde el practicante de Artes Marciales llegaba a ser consciente de las fuerzas de la naturaleza y de las capacidades que el hombre lleva consigo y que son factibles de desarrollar. Por otro lado, Japón dispone de sus Artes Marciales propias, y que además, muchas de ellas van acompañadas de enseñanzas filosóficas que trascienden lo mecánico y pragmático de las habilidades técnicas.

“El Kárate-Do, nutrido de las culturas China y Japonesa, posibilita que el ‘arte de la mano vacía’ (el Kárate) tenga multitud de posibilidades que iremos mencionando someramente en este artículo”.

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